martes, 26 de mayo de 2015

Redescubriendo al defensor de los desvalidos


“Varón de gran elocuencia” dictamina la primera parte de la inscripción marmórea que sostiene la efigie del presbítero José Nicolás del Llano, en la esquina sudoeste del atrio de la Catedral de San Miguel Arcángel, en Orizaba. Pasa desapercibida quizás porque toda la leyenda encuéntrase en latín, la lengua de Virgilio, de la ciencia y de la religión católica. Un jardín sencillo circundado por una verja metálica impide la profanación de la estatua que muestra a un hombre inclinándose humildemente hacia una niña indígena que quizás busca consuelo y asistencia espiritual; pero para mí es la alegoría de la Orizaba antigua, indígena, humilde y desprotegida. Un hombre que no nació orizabeño, pero que fuera adoptado como tal por su feligresía, que lo respetaría y amaría a lo largo de los casi diecisiete años que durara en su ministerio apostólico.

            No, no era de origen pluviositano: nació en Tlacotepec, Puebla –dicen sus biógrafos—a fines de 1797, cuando estas tierras aún eran parte de Su Majestad española. Seguro se trató de un joven inquieto, ávido de conocimiento, buscador de la verdad cristiana y de la defensa de los desvalidos a quienes, a lo largo de su vida material, siempre protegería. “Prudente en sus consejos, abrasado en caridad”, asumió el camino eclesiástico en el Seminario Palafoxiano de Puebla, en donde se ordenó como sacerdote y poco más adelante fue Rector del Colegio de Infantes del propio instituto.

            Llegó a estas tierras en la primavera de 1833 proveniente del curato de Amozoc y en medio de un país convulsionado y pletórico de asonadas, motines, revueltas e insurrecciones políticas. Tal pareciera que el experimento de la nueva República americana no rendía los frutos prometidos. Solícito y afectuoso con su nueva grey, asumió el curato y la parroquia de San Miguel de Orizaba (dependiente por aquellos otroras del Arzobispado poblano) siendo recibido con entusiasmo y adoptado como orizabeño por la sociedad pluviositana, en la que rápidamente encajó: promovió la cultura, la poesía, las tertulias artístico-literarias. Su prueba de fuego le llegaría poco tiempo después, durante la epidemia de cólera que azotó la región entre fines de 1833 y principios de 1834 y en la cual, despojado del boato eclesial, atendió y procuró en la físico, como en lo espiritual, a los aquejados por la enfermedad que cobraría doscientas víctimas.

            “Promovedor del decoro de la casa de Dios”, logró la reconstrucción de la vetusta parroquia de San Miguel, a la que embelleció tanto por dentro como por fuera. Asimismo, entre 1839 y 1842 logró la construcción del puente de la Beneficencia, cuya vía lleva directamente al portón central de la hoy catedral. Habilitó un hogar para enfermos y dedicó muchos de sus esfuerzos en practicar la caridad evangélica: socorriendo a las viudas, asistiendo a los huérfanos y visitando a los enfermos. Durante la invasión estadounidense, en 1847, fue capellán del Batallón Orizaba de la Guardia Nacional; pero además sofocaría, antes y después, levantamientos merced a la brillantez de su oratoria, mediando entre los conflictos internos y los peligros provenientes del exterior. Desde 1847 y hasta su muerte, fue Rector del Colegio Preparatorio de Orizaba, donde además impartía cátedra de filosofía. Múltiples fueron sus obras benéficas e imposible mencionarlas todas ellas, debiéndonos contentar con unas cuantas.

            No resistió el segundo embate del cólera morbus: asistiendo cristianamente a los enfermos de esta epidemia que fustigó el valle, si bien con menor fuerza, sí con mayor selectividad en sus víctimas. Flagelo que se llevó la vida del “Verdadero hermano de sus hermanos”, José Nicolás Del Llano, el 11 de octubre de 1849. Su cuerpo fue velado por sus piadosos feligreses en la parroquia y sepultado allí mismo, descansando sus restos un tanto olvidados por los orizabeños que desconocen la vida y circunstancias de este personaje.

            Este es el retrato de quien fuera, durante buena parte del siglo XIX, un sacerdote ejemplar.

            Deambulando por las calles de mi ciudad, que bien pudiéramos llamar en honra de su geografía y de su patrono como San Miguel de la Montaña; veo carteles convocando a la feligresía católica a participar en el Día del Seminario, este 17 de mayo. En jefe, los rostros de tres exseminaristas por todos conocidos: Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger y Jorge Bergoglio. Pontífices de la Iglesia todos ellos de reciente presencia, cercanos en el corazón de los católicos del mundo, pero lejanos en la geografía y en la historia como arquetipos de seminaristas locales. Reflexiono acerca de cómo se ha perdido nuestra historia y se han olvidado los nombres de quienes la han escrito, para bien o para mal.

            Justos sería, como paradigma pluviositano, el que en estos carteles, para estímulo de futuros sacerdotes orizabeños, se utilizase no la imagen de tres papas, sino de alguien más cercano a nuestro pasado y cuya adusta y humilde figura aún adorna la ciudad –gracias, hay que decirlo, al cronista José María Naredo, promotor de la estatua del “varón de gran elocuencia” erigida en 1898--: el eximio sacerdote José Nicolás Del Llano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario