“Varón de gran elocuencia” dictamina la primera parte
de la inscripción marmórea que sostiene la efigie del presbítero José Nicolás
del Llano, en la esquina sudoeste del atrio de la Catedral de San Miguel
Arcángel, en Orizaba. Pasa desapercibida quizás porque toda la leyenda
encuéntrase en latín, la lengua de Virgilio, de la ciencia y de la religión
católica. Un jardín sencillo circundado por una verja metálica impide la
profanación de la estatua que muestra a un hombre inclinándose humildemente
hacia una niña indígena que quizás busca consuelo y asistencia espiritual; pero
para mí es la alegoría de la Orizaba antigua, indígena, humilde y desprotegida.
Un hombre que no nació orizabeño, pero que fuera adoptado como tal por su
feligresía, que lo respetaría y amaría a lo largo de los casi diecisiete años
que durara en su ministerio apostólico.
No,
no era de origen pluviositano: nació en Tlacotepec, Puebla –dicen sus biógrafos—a
fines de 1797, cuando estas tierras aún eran parte de Su Majestad española. Seguro
se trató de un joven inquieto, ávido de conocimiento, buscador de la verdad
cristiana y de la defensa de los desvalidos a quienes, a lo largo de su vida
material, siempre protegería. “Prudente en sus consejos, abrasado en caridad”,
asumió el camino eclesiástico en el Seminario Palafoxiano de Puebla, en donde
se ordenó como sacerdote y poco más adelante fue Rector del Colegio de Infantes
del propio instituto.
Llegó
a estas tierras en la primavera de 1833 proveniente del curato de Amozoc y en
medio de un país convulsionado y pletórico de asonadas, motines, revueltas e
insurrecciones políticas. Tal pareciera que el experimento de la nueva
República americana no rendía los frutos prometidos. Solícito y afectuoso con
su nueva grey, asumió el curato y la parroquia de San Miguel de Orizaba
(dependiente por aquellos otroras del Arzobispado poblano) siendo recibido con
entusiasmo y adoptado como orizabeño por la sociedad pluviositana, en la que
rápidamente encajó: promovió la cultura, la poesía, las tertulias
artístico-literarias. Su prueba de fuego le llegaría poco tiempo después,
durante la epidemia de cólera que azotó la región entre fines de 1833 y
principios de 1834 y en la cual, despojado del boato eclesial, atendió y
procuró en la físico, como en lo espiritual, a los aquejados por la enfermedad
que cobraría doscientas víctimas.
“Promovedor
del decoro de la casa de Dios”, logró la reconstrucción de la vetusta parroquia
de San Miguel, a la que embelleció tanto por dentro como por fuera. Asimismo,
entre 1839 y 1842 logró la construcción del puente de la Beneficencia, cuya vía
lleva directamente al portón central de la hoy catedral. Habilitó un hogar para
enfermos y dedicó muchos de sus esfuerzos en practicar la caridad evangélica:
socorriendo a las viudas, asistiendo a los huérfanos y visitando a los
enfermos. Durante la invasión estadounidense, en 1847, fue capellán del
Batallón Orizaba de la Guardia Nacional; pero además sofocaría, antes y
después, levantamientos merced a la brillantez de su oratoria, mediando entre
los conflictos internos y los peligros provenientes del exterior. Desde 1847 y
hasta su muerte, fue Rector del Colegio Preparatorio de Orizaba, donde además
impartía cátedra de filosofía. Múltiples fueron sus obras benéficas e imposible
mencionarlas todas ellas, debiéndonos contentar con unas cuantas.
No
resistió el segundo embate del cólera morbus: asistiendo cristianamente a los
enfermos de esta epidemia que fustigó el valle, si bien con menor fuerza, sí
con mayor selectividad en sus víctimas. Flagelo que se llevó la vida del “Verdadero
hermano de sus hermanos”, José Nicolás Del Llano, el 11 de octubre de 1849. Su cuerpo
fue velado por sus piadosos feligreses en la parroquia y sepultado allí mismo,
descansando sus restos un tanto olvidados por los orizabeños que desconocen la
vida y circunstancias de este personaje.
Este es
el retrato de quien fuera, durante buena parte del siglo XIX, un sacerdote
ejemplar.
Deambulando
por las calles de mi ciudad, que bien pudiéramos llamar en honra de su
geografía y de su patrono como San Miguel de la Montaña; veo carteles
convocando a la feligresía católica a participar en el Día del Seminario, este
17 de mayo. En jefe, los rostros de tres exseminaristas por todos conocidos:
Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger y Jorge Bergoglio. Pontífices de la Iglesia
todos ellos de reciente presencia, cercanos en el corazón de los católicos del
mundo, pero lejanos en la geografía y en la historia como arquetipos de
seminaristas locales. Reflexiono acerca de cómo se ha perdido nuestra historia
y se han olvidado los nombres de quienes la han escrito, para bien o para mal.
Justos
sería, como paradigma pluviositano, el que en estos carteles, para estímulo de
futuros sacerdotes orizabeños, se utilizase no la imagen de tres papas, sino de
alguien más cercano a nuestro pasado y cuya adusta y humilde figura aún adorna
la ciudad –gracias, hay que decirlo, al cronista José María Naredo, promotor de
la estatua del “varón de gran elocuencia” erigida en 1898--: el eximio
sacerdote José Nicolás Del Llano.
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