martes, 2 de junio de 2015

Imágenes y ciudad


La Doctora en Geografía e Historia Eulalia Ribera Carbó lo ha vuelto a hacer. Tras varios años en los cuales extrañábamos su presencia literaria, su pluma ágil y precisa y su prosa investigativa, siempre atinada, perspicaz, satisfactoria y prolija; este año arremete con una obra histórico-literaria que nos muestra la Orizaba de antaño, la Pluviosilla esplendorosa, en tonos grises y que alguna vez existiera en el preciso espacio que hoy ocupamos.

            Ribera Carbó, fiel a su espejo diario, ha tornado a esta ciudad, que no la vio nacer, ni crea en ella artificiosa nostalgia ni injustificado sentimiento chauvinista, pero a la que tras dos décadas, ha aprendido a amar, a añorar y a sentirla como propia, para mostrarnos una de sus magnas obras. Nos obsequia su último trabajo histórico titulado “Imágenes y Ciudad. Orizaba a través de la lente, 1872-1910” que realizó en coautoría con el Doctor en Historia Fernando Aguayo, experto en fotografía antigua. Un libro fino y por lo mismo, delicado en su trato; uno de esos libros que no puede ni debe tratárseles como si fuese un paquete de ropa sucia, o un montón de papeles viejos; un libro, que, en definitiva y haciendo abuso del viejo y celebérrimo cliché –nunca tan justificado como hoy, pese a su constante reiteración abrumadora—“ningún orizabeño debería dejar de tener”.

            Vademécum de la era porfiriana pluviositana, la obra no nace en solitario: fue bajo el patrocinio de cuatro instituciones que de manera entusiasta apoyaron este proyecto: el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, la Universidad Veracruzana, la Fundación Miguel Alemán A.C. y el Patronato del Archivo Histórico de la Ciudad de Orizaba, A.C. Merced a estas organizaciones, los orizabeños podemos deleitarnos con un amplio y siempre encantador y sugestivo texto investigativo, producto de la lúcida y metódica mente de la doctora Ribera Carbó, así como de las imágenes que nos obsequia. ¡Qué decir, y lo digo en tono festivo, de la exquisitez de las fotografías y diversas reproducciones icónicas de la Orizaba ancestral, señorial y legendaria! Aquella que sufrió la transición del solar, del campanario, la jaculatoria y la leyenda hacia la nunca acabada modernidad, el avance tecnológico y la exploración de nuevas formas arquitectónicas que hoy son orgullo del corazón pluviositano.

            Cuán bello nos resulta, página tras página, el ir descubriendo y re-descubriendo a la “brumosa ciudad donde el trópico se colgaba los velos de una cuaresma eterna”, cual dijera el eximio Carlos Fuentes. Cuán satisfactorio debe resultarnos el ver, si bien en tonos grises y en sepia, los paisajes urbanos y bucólicos que disfrutaran los viejos (y ahora olvidados) orizabeños del ayer: Rafael Delgado, Silvestre Moreno Cora, Ángel Argüelles Bringas, Sotero Ojeda, su esposa la siempre recordada Panchita Rubira “Clemencia Isaura”; y tantos otros orizabeños de renombre y prosapia.

            Hoy tenemos la oportunidad de redescubrir a la Orizaba de sus anhelos, con sus piedras añejas, sus paredes húmedas, sus árboles hoy caídos, sus vestuarios, carrozas y calandrias, las baldosas por las que transitaron nuestros ancestros y los tejados que los protegieron de la misma pertinaz lluvia que hoy nos acaricia aún, para recordarnos la razón por la que el mote característico de Orizaba es, y seguirá siendo “Pluviosilla”. Reconocer, entre la bruma, el viejo campanario de El Calvario, el pastizal que ahora ocupa el Parque de La Concordia o el apreciar a nuestro Cerro del Borrego sin árboles y casi seco, son joyas iconográficas que nos obsequia el libro de Ribera Carbó y Aguayo.

            Un deleite tener y leer, ora como consulta ocasional, ora como lectura consecutiva, cuasi obligada diría yo, este libro. Un orgullo el formar parte del Patronato del Archivo Histórico de la Ciudad de Orizaba, co-patrocinador de esta monumental obra que nos muestra un reflejo preciso de la Orizaba de antaño, una realidad detenida en el tiempo (la magia de la fotografía), que nos antoja a, por lo menos por esta obra, visitar la Feria del Libro de Orizaba y adquirirlo. Aunque sea solo por “Imágenes y Ciudad”, debemos hacer esa visita y salir con él bajo el brazo.

martes, 26 de mayo de 2015

Redescubriendo al defensor de los desvalidos


“Varón de gran elocuencia” dictamina la primera parte de la inscripción marmórea que sostiene la efigie del presbítero José Nicolás del Llano, en la esquina sudoeste del atrio de la Catedral de San Miguel Arcángel, en Orizaba. Pasa desapercibida quizás porque toda la leyenda encuéntrase en latín, la lengua de Virgilio, de la ciencia y de la religión católica. Un jardín sencillo circundado por una verja metálica impide la profanación de la estatua que muestra a un hombre inclinándose humildemente hacia una niña indígena que quizás busca consuelo y asistencia espiritual; pero para mí es la alegoría de la Orizaba antigua, indígena, humilde y desprotegida. Un hombre que no nació orizabeño, pero que fuera adoptado como tal por su feligresía, que lo respetaría y amaría a lo largo de los casi diecisiete años que durara en su ministerio apostólico.

            No, no era de origen pluviositano: nació en Tlacotepec, Puebla –dicen sus biógrafos—a fines de 1797, cuando estas tierras aún eran parte de Su Majestad española. Seguro se trató de un joven inquieto, ávido de conocimiento, buscador de la verdad cristiana y de la defensa de los desvalidos a quienes, a lo largo de su vida material, siempre protegería. “Prudente en sus consejos, abrasado en caridad”, asumió el camino eclesiástico en el Seminario Palafoxiano de Puebla, en donde se ordenó como sacerdote y poco más adelante fue Rector del Colegio de Infantes del propio instituto.

            Llegó a estas tierras en la primavera de 1833 proveniente del curato de Amozoc y en medio de un país convulsionado y pletórico de asonadas, motines, revueltas e insurrecciones políticas. Tal pareciera que el experimento de la nueva República americana no rendía los frutos prometidos. Solícito y afectuoso con su nueva grey, asumió el curato y la parroquia de San Miguel de Orizaba (dependiente por aquellos otroras del Arzobispado poblano) siendo recibido con entusiasmo y adoptado como orizabeño por la sociedad pluviositana, en la que rápidamente encajó: promovió la cultura, la poesía, las tertulias artístico-literarias. Su prueba de fuego le llegaría poco tiempo después, durante la epidemia de cólera que azotó la región entre fines de 1833 y principios de 1834 y en la cual, despojado del boato eclesial, atendió y procuró en la físico, como en lo espiritual, a los aquejados por la enfermedad que cobraría doscientas víctimas.

            “Promovedor del decoro de la casa de Dios”, logró la reconstrucción de la vetusta parroquia de San Miguel, a la que embelleció tanto por dentro como por fuera. Asimismo, entre 1839 y 1842 logró la construcción del puente de la Beneficencia, cuya vía lleva directamente al portón central de la hoy catedral. Habilitó un hogar para enfermos y dedicó muchos de sus esfuerzos en practicar la caridad evangélica: socorriendo a las viudas, asistiendo a los huérfanos y visitando a los enfermos. Durante la invasión estadounidense, en 1847, fue capellán del Batallón Orizaba de la Guardia Nacional; pero además sofocaría, antes y después, levantamientos merced a la brillantez de su oratoria, mediando entre los conflictos internos y los peligros provenientes del exterior. Desde 1847 y hasta su muerte, fue Rector del Colegio Preparatorio de Orizaba, donde además impartía cátedra de filosofía. Múltiples fueron sus obras benéficas e imposible mencionarlas todas ellas, debiéndonos contentar con unas cuantas.

            No resistió el segundo embate del cólera morbus: asistiendo cristianamente a los enfermos de esta epidemia que fustigó el valle, si bien con menor fuerza, sí con mayor selectividad en sus víctimas. Flagelo que se llevó la vida del “Verdadero hermano de sus hermanos”, José Nicolás Del Llano, el 11 de octubre de 1849. Su cuerpo fue velado por sus piadosos feligreses en la parroquia y sepultado allí mismo, descansando sus restos un tanto olvidados por los orizabeños que desconocen la vida y circunstancias de este personaje.

            Este es el retrato de quien fuera, durante buena parte del siglo XIX, un sacerdote ejemplar.

            Deambulando por las calles de mi ciudad, que bien pudiéramos llamar en honra de su geografía y de su patrono como San Miguel de la Montaña; veo carteles convocando a la feligresía católica a participar en el Día del Seminario, este 17 de mayo. En jefe, los rostros de tres exseminaristas por todos conocidos: Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger y Jorge Bergoglio. Pontífices de la Iglesia todos ellos de reciente presencia, cercanos en el corazón de los católicos del mundo, pero lejanos en la geografía y en la historia como arquetipos de seminaristas locales. Reflexiono acerca de cómo se ha perdido nuestra historia y se han olvidado los nombres de quienes la han escrito, para bien o para mal.

            Justos sería, como paradigma pluviositano, el que en estos carteles, para estímulo de futuros sacerdotes orizabeños, se utilizase no la imagen de tres papas, sino de alguien más cercano a nuestro pasado y cuya adusta y humilde figura aún adorna la ciudad –gracias, hay que decirlo, al cronista José María Naredo, promotor de la estatua del “varón de gran elocuencia” erigida en 1898--: el eximio sacerdote José Nicolás Del Llano.

lunes, 25 de mayo de 2015

Una orizabeña en San Lázaro es posible

¿Por qué será que a los orizabeños se nos enreda la lengua para decir las palabras "alcaldesa" o "diputada"? ¿Es que acaso nuestra mente, rémora de un machismo decimonónico a ultranza, nos impide siquiera pensar que una mujer posee las mismas capacidades para ejercer un cargo público de elección popular en nuestra ciudad o en la región?

Pocos han sido los puestos visibles que las mujeres han logrado ejercer en la Pluviosilla; en el caso de la alcaldía de la Ciudad de las Aguas Alegres: ninguno. Si acaso, hemos de recordar que alguna vez sonaron con suficiente fuerza algunas damas dedicadas al ámbito político. Las señoras Angélica Andrade Rodríguez y Susy Páuler Avellá serían muy nombradas en los círculos priístas de fines de los años 80's y principios de los 80's. Ambas alcanzarían, todo lo más, suplencias en diputaciones federales.

Quienes más se han acercado a la alcaldía pluviositana como candidatas, fueron la psicóloga Martha Avelaira Martínez (PAN, 17 % del total de votos) y la periodista Guadalupe Fuentes Barco (Frente Cardenista, 6%), ambas en las elecciones de 1991, las dos, estupendas y respetadas profesionistas que tuvieron el mal sino de haber sido postuladas en una época del aún dominio hegemónico del PRI. No serían las únicas; también han desfilado en torno a la alcaldía de Orizaba en tiempos recientes Julia Herlinda López Peralta, Luisa Solís López, Laurencia Carvajal, Dolores Ramírez y María Enriqueta Basurto Vargas.

En el caso de la diputación local, sólo dos casos me vienen a la memoria: la profesora Guillermina Esquivel Kuri (2000-2004) y la licenciada Elvia Ruiz Cesáreo (2007-2010), ambas del PRI. ¿Y de la diputación federal, hoy en día en juego? Mejor ni hablamos: tan sólo María del Carmen Escudero Favre, de Acción Nacional, llegaría a San Lázaro como diputada plurinominal. Fuera de ella, no existe un solo caso de alguna dama ejerciendo la representación legislativa en los últimos 50 años, y eso sin ver más atrás... en todo caso, sólo con carácter de suplentes, nunca en la titularidad.

Muy arraigado está el concepto chauvinista de que la política es una actividad exclusiva de los hombres. Si bien es cierto que las mujeres no han ocupado cargos de elección popular (salvo los casos de las alcaldías de Ixhuatlancillo, Río Blanco o Ciudad Mendoza, por mencionar sólo algunos, así como Secretarías Generales y ocasionales liderazgos gremiales), no es porque no los hayan buscado. Por un lado, los partidos políticos (no todos) no se lo han permitido; por el otro, al haber una oportunidad seria, congruente, racional y con un verdadero liderazgo, las y los orizabeños les hemos dado la espalda, olvidando el artículo 4to. Constitucional que indica la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer.

No debe resultarnos sorprendente que sea la izquierda la principal promotora de la mujer en los puestos de elección popular, especialmente la vertiente socialdemócrata, quienes buscan postular a candidatos de una nueva generación de ciudadanos conscientes de la importancia de la labor política como la vía más adecuada para la solución de los principales problemas que aquejan a nuestra región, en esa dicotomía muy al estilo mexicano que otorgamos a nuestros diputados: legislar y gestionar.

Legislar dentro de un marco de democracia social y dignidad humana nuevas leyes que promuevan el progreso y mejoren la calidad de vida de los mexicanos; gestionar a nombre de los habitantes del distrito, sus diversos sectores, asociaciones y grupos los suficientes recursos federales para beneficio de los municipios, pueblos y ciudades con obras que favorezcan a todos los sectores. Gestionar también para que la Iniciativa Privada pierda el temor e invierta en nuestro valle, originando más fuentes de empleo. Esas deben ser las metas y los desafíos de las mujeres si el voto ciudadano las favorece: esa es la labor de quien tenga la oportunidad de elevar la voz de las mujeres de Orizaba y la región y representarnos a todos por igual.

Alea iacta est: la suerte está echada y no habrá marcha atrás. A pocas semanas de que acabe la contienda electoral, la oportunidad de que una mujer, que represente al Distrito de Orizaba llegue al ágora de San Lázaro, es una ocasión que no debiera desperdiciarse.

 
Publicado en El Mundo el 9 de Mayo de 2015.